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jueves, 12 de febrero de 2015

Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. Albert Einstein








       










          Seguramente al leer esta frase habrás pensado que es una obviedad muy manida. Déjame que te pregunte algo: cuando cada noche, llevas a tu hijo a la cama protestando porque no se quiere dormir, le pegas cuatro gritos porque ya no puedes más, él se pone más tenso y le cuesta calmarse y al final se convierte en un terrible momento, otra vez; al día siguiente, ¿vuelves a hacer lo mismo? Porque una frase que oímos y decidimos mucho los padres es ésta: “otra vez igual”. Exacto, otra vez igual y será siempre igual si no cambiamos nuestros métodos. ¿O acaso esperáis que sean ellos, mucho más pequeños, con la razón aún por desarrollar y mucha menos experiencia los que de repente un día comprendan, como por arte de magia, que lo que hacían todos los días estaba mal? Perdonad mi impertinencia, pero eso no va a pasar. Me da igual que nos refiramos a la hora de dormir, a ir al colegio o a hacer los deberes. Los niños no entienden de la noche a la mañana que algo estaba mal, hay que hacérselo entender, cuando tienen edad para ello, o, más bien y a cualquier edad, convencerles. Convencerles no es imponerles y, desde luego, rara vez les vamos a convencer con los argumentos que nos resultan válidos a nosotros; recordad que se trata de que lo sean para ellos. Tienen que resultarles convincentes y, por tanto, atractivos. La baza de “porque es bueno” o “porque es lo correcto” mejor la dejamos en el cajón del olvido, que va a servir para lo mismo.
        En educación, y no olvidemos que los padres somos los primeros y más importantes educadores de nuestros hijos, hay que revisar continuamente los métodos que utilizamos, pero también los principios que seguimos. Pararse a escucharles, - pero escucharles de veras, no con el gran prejuicio de que son niños, no saben lo que quieren y nuestra labor es hacerles ver lo que es mejor para ellos-, y pensar en lo hablado y en lo ocurrido durante el día. Nadie está diciendo que sean los pequeños de la casa los que impongan las normas, sólo que les tratemos con el respeto que esperamos de ellos porque el ejemplo es la mejor escuela.
        Los niños evolucionan tan rápido que cuesta seguirles el ritmo. A veces, cuando por fin habíamos conseguido que algo funcionase con ellos, pegan un nuevo salto y nuestro gran logro deja de servir. Pero esto sólo es un fracaso si nos quedamos en este punto y no aprendemos nada. Como siempre, os pongo un ejemplo. Ya sabéis que mi gran problema siempre ha sido el dormir, incluida la siesta. Así que para conseguirlo era de las que tenía que pasear con el carrito, durante, a veces, una hora, daba igual que nevase o me achicharrase con la solana leonesa de las tres de la tarde un día de agosto. Era la única forma de que se quedase dormida Silvia. Y no era rabieta mía, es que si no lo conseguía, la tarde era insufrible. Recién empezado el colegio, a pesar de las protestas, estaba tan cansada que se quedaba frita en seguida, para gran sorpresa y alivio mío. Pero lo acabamos de decir, los niños cambian muy rápido; y, superados los nervios de los primeros meses y ya aclimatada al nuevo ritmo ha empezado su terrible resistencia contra el sueño. Y, lo cierto, es que aunque se la ve cansada, no está tan inaguantable, así que en frío, respirando hondo y tratando de ser objetiva (algo terriblemente difícil en asuntos de hijos) pensé que quizá a punto de cumplir cuatro años ya no necesitaba la siesta (aunque es indudable que le sienta bien) e ideé una estrategia.
        Al día siguiente, cuando le dije, “es hora de dormir la siesta”, ella, como era previsible, me contestó: “No quiero dormir, no tengo sueño”. Como veis, me está dando su argumento, difícil de rebatir por imposible de demostrar. Y, por otro lado, un gran paso en un niño porque no es una rabieta, es una razón. Así que le dije: “Vale, pero si es cierto que no tienes sueño, entonces podrás mantener la sonrisa toda la tarde. Si veo que empiezas a hacer pucheros y demostrar lo cansada que estás, entonces, por la noche te dormirás tú sola (lo que en mi caso, implica que no le cuento un cuento y no le canto canciones hasta que se duerma; ni siquiera me quedaría con ella en su habitación hasta que se durmiese, aunque fuese callada)”. Se mostró de acuerdo y así lo hicimos. Eso fue el lunes. A medida que ha ido evolucionando la semana, se le ha ido notando el cansancio acumulado, pero la negociación ha funcionado. Cuando empieza a hacer pucheros, a protestar por nada o a dar negativas sin sentido le digo: “Me parece que hoy sí que estás cansada por no haber dormido la siesta”. Y en seguida me pone una sonrisa de oreja a oreja y me dice: “No, mamá, mira qué contenta estoy”. Por supuesto que estaría encantada de que durmiese la siesta; le vendría muy bien, estaría más descansada y rendiría mejor. Pero no se puede tener todo en esta vida y si consigo que vaya aceptando las consecuencias de sus decisiones me quedo bien contenta. Y, de premio, ella se gana esa media horina que le sobra haciendo lo que le apetece, que suele ser pintar, y yo la tengo con una gran sonrisa todo el día, lo que es una gozada.
        Esto no siempre es así, claro, es que no quería tener los mismos resultados y, por tanto, cambié de estrategia. Hace cosa de un mes perdí los nervios. Uno de esos días negativos en los que no puedes más, ellos gritan y tú más fuerte; ellos te pegan y tú les das un cachete. Me sentí fatal. Al final del día todos estábamos tristes, enfadados, disgustados y agotados. Y me juré y perjuré que eso no me volvería a pasar. Empecé a tomar tila y a releer todos los libros destinados a padres que me gustan y me recuerdan las pautas que debemos seguir, que no sólo los niños tienen que dar su brazo a torcer, que las rabietas forman parte de su proceso de maduración y que digan “no” a menudo es natural y sano. A veces confundimos educar con tener siempre la razón y los mejores educadores son los que saben enseñar a pensar, a razonar. Si el aprendiz puede superar al maestro es porque desarrolla sus propias teorías y métodos. Si queremos tener siempre la razón eso no va a pasar.
        Si alguien me preguntase qué tal el día de ayer tendría que devolverle la pregunta para saber si quiere saber lo que me ha pasado o cómo lo he vivido. Empezamos el día con Sergio tirando el zumo por estar jugando con el vaso; después tiró la leche por un exceso de mimos que le llevó a tirarse sobre mí en el momento en el que le ofrecía la taza llena. Y después, lanzó los cereales, ya por pura rabia. Silvia, que ya empieza a estar cansada, se hizo notar con algún comentario del tipo: “No te pienso hacer caso” y “hoy no voy a ir al cole”. Ese fue el inicio y, por si os lo preguntáis, no, no fue a mejor porque a medida que pasan las horas todos estamos más cansados. Cuando mi marido me preguntó qué tal el día le dije: “No voy a perder los nervios” (tajante, no caben un “voy a intentar” ni similares. Estoy convencida. Yo puedo con ello). Al volver al cole después de comer, Silvia tuvo un berrinche en el que se negaba a calzarse. Al final se le hizo tarde y le tuve que poner yo las botas. Antes de acercarme, respiré hondo, me calmé y luego ya fui. Y mientras se las ponía le dije en un tono bajo y calmado: “Como no has hecho lo que tenías que hacer y he tenido que acabar haciéndolo yo, entiendo que sí se está notando tu cansancio por no haber dormido la siesta. El tiempo que estoy perdiendo al ponerte las botas, que es tarea tuya, es un tiempo que no voy a dedicar esta noche a leerte el cuento”. Su siguiente pregunta fue: “¿y canciones, mamá?” A lo que de nuevo respondí calmada y con una sonrisa (sí, por dentro me ardían las tripas): “Claro, mi amor, y me quedo contigo hasta que te duermas si sigues portándote bien”. Como os decía, si cuento todas mis peripecias del día de ayer cualquiera diría que fue un día horrible. Si me hubiesen preguntado cómo me sentía habría contestado que muy cansada, pero muy feliz. ¿Por qué? Porque al final del día todos estábamos contentos, no había habido gritos y todos habíamos aprendido algo: yo, fundamentalmente, paciencia; Silvia, a asumir las consecuencias de sus actos.
        Visto desde fuera probablemente cualquiera pensaría una de estas dos cosas: “qué suerte, debe tener un par de angelitos en casa” o “¡madre! ¿cómo lo hará? Si yo no puedo con todo”. Lo digo por experiencia, especialmente suelo pensar esto último. Siempre parece que los demás lo hacen mucho mejor y eso es porque no vemos todo lo que tienen que pasar. Momentos de estrés los sufrimos todos. Los niños no son benditos o diablillos; tienen buenos y malos momentos como nosotros, pero muchos menos recursos para enfrentarse a ellos. Es nuestra labor enseñarles a demostrar sus sentimientos y eso empieza por dejarlos expresarse. Hace poco Silvia me dijo un: “No me da la gana” y a continuación hizo lo que le había pedido sin más. La iba a regañar por la contestación, pero luego me paré a pensar. Soy periodista y una firme defensora de la libertad de expresión. Puede parecer fuera de lugar, pero al fin y al cabo es lo que hay. Tienen derecho a expresar su descontento y no pretendamos que digan: “mamá, esa tarea que me has impuesto no es de mi agrado. La haré porque me dices que es lo correcto, pero no estoy de acuerdo”. Pues no, lo suyo es que te digan “No me da la gana”. Lo importante es intentar que se expresen de forma adecuada y eso se consigue poco a poco y con pautas. Es difícil, pero no imposible. ¿Mis recomendaciones? Yoga, tila, tiempo para vosotros, ejercicios de respiración y leer todo lo que podáis. ¿Nuestra excusa favorita? La falta de tiempo y la necesidad de inculcarles la obediencia. La falta de tiempo se arregla, yo suelo leer en el baño o cuando espero a la salida del cole o las extraescolares. En cuanto a lo otro… ¿en serio queremos enseñarles a ser obedientes? Yo quiero niños que sepan pensar por su cuenta, no que me digan amén a todo. Esto no quiere decir que no se me escapen los gritos o que no les enseñe que a veces un no, es un no y no hay explicación posible. También ayer, dos veces se llevó Sergio un azote en el trasero (de éste no me arrepiento para nada; no perdí los nervios y no le di fuerte; le mostraba la gravedad de la situación) por soltarme la mano y echar a correr a la carretera. Ante el riesgo no hay razonamiento posible. Eso sí, a continuación le agarro de los dos brazos (sin apretar, sólo para que no se escape), le miro a los ojos y le digo: “No se cruza sin mamá. Si te pilla un coche te hace daño”. Sólo tiene dos años, así que las frases tienen que ser muy cortas y sencillas.
        Para mí, ésta es la parte más difícil de ser padres, ayudarles a pensar por sí mismos. Enseñarles qué es lo correcto no “porque sí”, sino ofreciéndoles alternativas para que lleguen a la misma conclusión que tú. Es complicado porque no siempre sabemos nosotros mismos buscar una alternativa válida o ceder nuestro “cetro de poder paterno”; a veces podemos llegar a pensar que estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado al enseñarles a rebatirnos, pero siempre y cuando lo hagan con argumentos y con educación, ¿no es lo más importante que les podemos enseñar? Tienen el don de la inocencia, ven el mundo con ojos nuevos que se fascinan por todo y se lo cuestionan todo. Si les ayudamos a mantener ese interés, esa curiosidad y a expresar sus dudas, sus opiniones y a defender con argumentos sus creencias les estaremos dando las mejores armas para ser líderes creativos, lo que me parece un gran regalo. Por eso, os propongo que habléis todo lo que podáis con vuestros hijos, incluso desde bebés, que les expliquéis todo lo que podáis, con razones y frases cada vez más complejas según vayan creciendo y que les animéis a defender su postura aún cuando están equivocados; dadles vuestros argumentos hasta que consigáis convencerles. En España nos falta mucha cultura de debate. En Estados Unidos, en las escuelas, deben realizar debates en los que los alumnos deben defender la postura que se les haya asignado, crean o no en ella. Intentar convencer a un niño es realmente difícil porque tendemos a utilizar los argumentos que conocemos que son los que hemos ido aprendiendo con la madurez y que a ellos no les dicen nada. Poneros a su altura en esto y el resultado será asombroso.
       



jueves, 5 de febrero de 2015

Nada grande fue nunca concluido sin entusiasmo. Ralph Waldo Emerson



                                                           Rosa con cita en un lazo repartida en mi boda a cada invitado

             No sólo estoy completamente de acuerdo con esta frase si no que añadiría que ya que tenemos que hacer algo disfrutemos el tiempo que nos lleva hacerlo. Sé que esto no siempre es fácil, pero una buena actitud ayuda de manera inimaginable. Tengo que reconocer que me quedé tiesa cuando en la reunión previa a empezar la guardería nos pidieron que al dejar a los niños no les dijésemos “No llores” y al recogerlos, no les preguntásemos “¿Has llorado mucho?”. Me quedé a cuadros, a quién se le pueden escapar (porque doy por echo que de manera consciente y racional no se lo dirían) esas frases. Por eso ayuda mucho hablar con otras mamás y papás que están en nuestra misma situación; muy al contrario que compararnos con aquellos que tienen niños de edades diferentes o pensar que a los demás les va mejor. Recordad que ellos también ven sólo una cosa nuestra: lo bien que nos apañamos, a pesar de que por dentro haya días que estemos llorando o rabiando. Las comparaciones son odiosas y los padres tendemos a olvidarnos, no sólo entre los niños, sino entre nosotros. Leer libros sobre educación, revistas o escuchar a profesores y directores de guardería también viene muy bien. Algunas cosas que a nosotros nos resultan completamente obvias para otros pueden ser nuevas y sorprendentes.

En este caso concreto, yo, siempre despido a mis peques con un “pásatelo muy bien”. Y cuando les recojo, mi primera pregunta es “¿te lo has pasado bien o súper bien?”. Tengo que reconocer que para mí es duro desprenderme de ellos, y eso que la mayor ya está en su primer año de cole, que en la guardería me resultó todavía mucho peor. No sentí nada del alivio que me prometían por el tiempo soñado para mí. Pertenezco al grupo de mamás que sólo se queda tranquila con ratito privado cuando sus hijos están en la habitación de al lado y su papá con ellos. Es un fastidio que estoy intentando superar. Pero ellos no tienen por qué pagar el pato. Recuerdo poco de mi etapa en la guardería, pero sí que tengo muy buenos sentimientos hacia esos años, igual que a mi estancia en el colegio y en la Universidad. ¿Por qué se lo voy a amargar con la perspectiva de un adulto en la que las cosas que tenemos que hacer son por definición un fastidio? No es así. En el colegio jugaba con mis amigas, celebraba cumpleaños, me columpiaba en el patio, me llevaban de excursión… y de las aulas tengo el recuerdo de lucirme cuando me sabía la tarea. Sí, claro, de más crecidita tengo algún recuerdo de un profesor pelma, alguno muy malo y unos pocos que me marcaron con su interés y su brillante forma de educar. Odiaba los exámenes orales y en cuanto supe lo que me jugaba con las notas me entraba dolor de estómago aunque fuesen escritos, pero nada de eso importaba. Odiaba estar mala porque no podía ir al colegio a jugar con mis amigas. Y todas esas cosas empiezan a afectar mucho más adelante, no en la guardería, ni en infantil, desde luego.

En el desayuno hablamos de todo lo que van a hacer en el cole y cada vez que digo, en tono entusiasta y elevado: “¿Quién va a ir hoy al cole?” Silvia responde “yo”, pero Sergio casi se levanta de la silla de la emoción, mientras sube los brazos gritando “yoyoyoyoyoy”. Se lo pasan genial, por qué no iban a querer ir.

No todo es de color de rosa. Este año, creo que por el horario, a Silvia le ha dado por decir que no quiere ir a inglés. La última vez que la llevé, iba protestando desde el asiento trasero del coche hasta que me preguntó: “¿mamá, por qué tengo que ir a inglés?” No contesté inmediatamente porque, de pronto, recordé la cantidad de veces que yo le había hecho esa misma pregunta a mi padre. Odié el inglés con todas mis fuerzas hasta que tuve a oportunidad de ir un mes a Exeter (ciudad que me enamoró) y de utilizar el idioma y hacer nuevos amigos. Aún recuerdo las respuestas de mi padre: “Es necesario”, “Lo vas a necesitar”… Todas eran de ese estilo. Sabía que lo decía sinceramente porque le veía a él estudiando al llegar de trabajar y esforzándose y eso era todo lo que yo veía, algo que requería mucho esfuerzo, que se hacía porque “había que hacerlo” y que no me gustaba. Así que le contesté: “¿Quieres que te diga la verdad?” (En mi casa están prohibidas las mentiras) Y me dijo: “Sí, mamá”. Y se la dije: “Es para que te diviertas”. Se quedó callada y pensando. Si fuese un poco mayor me habría mandado a la porra, pero con los cuatro años aún sin cumplir tiene una mentalidad abierta que intento conservar.

No lo entendía, estaba claro, así que continué mi explicación: “sabiendo inglés podrás leer todos los libros y ver todos los dibujos que sólo están en inglés; y también podrás hacer nuevos amigos que no saben español. Yo tengo amigos que pude hacer así, porque todos sabíamos inglés”. Y me preguntó que de dónde eran. Pregunta a la que también contesté con la verdad, nombrando a cada amigo que recuerdo con cariño de aquella etapa de mi vida.

Por supuesto alguna vez sigue protestando, especialmente los días que ha dormido menos y está cansada, pero no me ha vuelto a preguntar por qué tiene que estudiar inglés.

Hagamos lo que hagamos en la vida es mejor hacerlo con convicción y entusiasmo. Es la mejor manera de que salga bien. Ya os he contado esto antes, pero siempre recordaré la frase que me dijo el ginecólogo usando después de año y medio y muchas pruebas, por fin conseguimos quedarnos embarazados: “No hay nada como decirle a una mujer que no puede quedarse embarazada para que se quede”. Sé que lo dijo en plan broma, sin ninguna malicia y refiriéndose a la creencia de que es la tensión lo que a veces nos impide quedarnos en estado. Pero reconozco que me sentó mal, entre otras cosas porque me parece que fueron los tratamientos que probamos los que ayudaron. Lo contrario sería suponer que como me habían dicho que no podía quedarme embarazada me rendí. No veo otra lógica para relajarse cuando te acaban de dar una noticia tan triste. Y, desde luego, no fue mi caso. En cuanto me dijeron eso busqué en Internet y en la farmacia todos los remedios caseros y naturales que se podían probar, mientras los médicas iban haciendo sus interminables pruebas. Lo uno no está reñido con lo otro, ya sabéis lo que dicen: “A Dios rogando y con el mazo dando” o una de mis favoritas “la suerte tiene que pillarte trabajando”. Así es, yo estaba convencida de que iba a ser mamá y de hecho ya tenía elaborado un minucioso plan que incluía una de mis largas listas, desde la inseminación artificial hasta la adopción.

Por supuesto, no siempre logramos todo lo que intentamos, aún cuando lo hacemos con entusiasmo y es bueno que los niños también aprendan la valiosa lección del fracaso. Silvia salió llorando un día de clase porque le había salido mal una ficha. Nadie le había reñido, pero no aceptaba su fracaso. Desde entonces siempre que puedo juego con ella a la oca, que no se puede amañar para dejarles ganar (gran error que solemos cometer los padres) y se coge cada mosqueo… Aprendió a compartir juguetes y aprenderá a aceptar que no siempre se puede ganar. Y, de paso, aprenderá a seguir intentándolo, porque merece la pena, no porque “hay que hacerlo”.

No olvidemos además, que esa frase (me niego a llamarla razón porque no argumenta nada) tarde o temprano deja de servirnos. Nos vale a los adultos que justificamos así, por ejemplo, aguantar un trabajo que no nos gusta; pero no servirá cuando empiecen a tomar sus propias decisiones y aún no hayan asumido ese sentido del deber (o del borreguismo, si somos más sinceros). Les podemos obligar a estar sentados en clase, pero no a prestar atención. El “porque sí” o “porque lo digo yo” son otras variantes que resultan mucho más cómodas en educación, pero que no educan. Alguien a quien admiro y respeto profundamente me dijo una vez que veía las ventajas futuras del razonamiento que intentaba tener con mis hijos (desde que nacieron, antes de que empezasen a hablar), pero que no podría haberlo hecho porque necesitaba que cuando a un hijo le dices “para” lo haga. Por supuesto que de vez en cuando se me escapa un grito, más de lo que quisiera o apruebo, pero los “porque sí” son realmente escasos y siempre van seguidos de un “eso no vale, mamá”. Y entonces yo cojo aire y le digo “tienes razón, es por esto” y se lo explico. Se me acaba de escapar una sonrisa, porque según os cuento esto mi hija me acaba de pedir algo que no depende de mí y no le puedo conceder; le he explicado las razones, claro, pero no le satisfacen, así que me dice “mamá, te hago un trato, ¿vale?” y, a continuación, me cuenta lo que a ella le parece justo. Así ha sido siempre nuestra dinámica, que va en la misma línea de que recojan lo que tiran, aunque sea mucho después y aunque hacerlo yo me llevaría exactamente un minuto y muchas menos energías. Ahora, cuando llegan a casa, cuelgan el abrigo en el perchero y colocan las botas en el zapatero. Recordad que tienen dos y cuatro años (bueno, casi cuatro) y no hace falta que se lo digamos una y otra vez. Imaginaros lo que habré conseguido en un par de años. ¿Suena a orgullo? Bien, espero que no a prepotencia, pero mis inseguridades en algunos campos no llegan hasta aquí, estoy muy satisfecha de mi labor como madre/educadora, especialmente en este sentido.

Los niños son personas con las que se puede dialogar y razonar, a nivel básico, pero se puede y se debe. Y razonar es argumentar, porque hay que hacerlo no es un argumento válido. A mí no me basta y a ellos tampoco. Busquemos la forma de darle la vuelta a la tortilla y mostrarles un camino realmente motivador para que hagan aquello que les va a venir bien con el entusiasmo que llega cuando vemos la utilidad y el provecho de algo: “Encontrar un buen trabajo” no es por supuesto un argumento válido para que aprendan inglés cuando tienen 4 años, tampoco con 10; poder hacer amigos nuevos o leer un libro que quieren y no está traducido, sí. Los niños son un lienzo en blanco en el que podemos inculcar la idea de hacer las cosas bien y con entusiasmo, no lo desaprovechemos.

jueves, 29 de enero de 2015

La única educación eterna es ésta: estar lo bastante seguro de una cosa para atreverse a decírsela a un niño. Gilbert K. Chesterton



                                       Elogio del Horizonte, Gijón, agosto 2014

         Uno de los mayores terrores de los papás, no siempre reconocido, es la etapa de las preguntas. Los niños son curiosos por naturaleza; si no lo fueran no les iría muy bien en un mundo en el que lo tienen todo pendiente de aprender. Una vez más, solemos demostrar una creciente pérdida de paciencia. ¿Por qué sonreímos y nos emocionamos con cada uno de sus intentos por ponerse de pie a pesar de las múltiples caídas y, en cambio, nos enervamos cuando nos hacen tres veces seguidas la misma pregunta? Esto es fácil de explicar y más difícil de cambiar. Al recién nacido lo vemos indefenso; damos por hecho que no sabe nada y generalmente lo que nos saca de quicio son las noches sin dormir, los cólicos… Pero a medida que van creciendo y adquiriendo habilidades se nos olvida fácilmente que siguen necesitando tiempo para asumir cada una de ellas y que nos necesitan en cada paso del camino.

        Recuerdo la etapa en la que a Silvia le dio por fijarse en las señales de tráfico. Imaginaros el trayecto en coche hasta el colegio todas las mañanas con una única cantinela:

        - “¿Cuál es esa señal, mamá?”

         - “Ceda el paso. Quiere decir que si viene otro coche por ese lado tenemos que dejarle pasar”

        - ¿Cuál es esa señal, mamá?

        - “Paso de cebra. Quiere decir que tenemos que parar para que pasen los peatones, la gente que va caminando”

        - “¿Y esa, mamá?”

        - “Paso de cebra. Quiere decir que tenemos que parar para que pasen los peatones, la gente que va caminando”

        No, no me he equivocado, es que preguntaba por los 5 pasos de cebra seguidos que nos encontrábamos. A la ida y a la vuelta. Y sí, más de una vez me daban ganas de decirle, en un tono más alto de lo meramente necesario, “¡pero si te lo acabo de decir!”. Cada vez, a pesar de esto, le respondía correctamente porque recordaba (con una gran sonrisa interna) la misma etapa que pasó mi hermana pequeña. A mí, como adulta, me parece increíble que un niño se fije en algo tan poco llamativo o divertido como una señal de tráfico; pero, si hago memoria, recuerdo cuando iba en la parte de atrás del coche leyendo cada cartel que pasábamos. Como decía, los niños son curiosos por naturaleza. A media que crecen ocurre dos cosas: la primera es que aprenden a discernir en qué merece la pena gastar sus energías con esa curiosidad; la segunda, y mucho más triste, es que la van perdiendo. No todos, por fortuna; y, de hecho, creo que es algo que merece la pena incentivar.

        Hoy día, en guarderías y colegios, hay una tendencia a la educación emocional, a ayudar a los niños a descubrir qué sienten y a expresarlo de forma correcta. Como dice Rocío Ramos-Paúl en el que es el mejor libro de educación para padres que he leído, “Niños desobedientes, padres desesperados”, los niños tienen que enfadarse, es natural y sano; y a nosotros nos toca enseñarles a demostrar ese enfado de una forma correcta, aceptada socialmente. A pesar de esto, vivimos en una época con una gran contradicción. Dado el elevado nivel de exigencia laboral cada vez apuntamos a los niños a más extraescolares a edades más tempranas. Buscamos que desarrollen el mayor número de habilidades y que adquieren tantos conocimientos como puedan para que tengan buenas oportunidades a la hora de buscar trabajo. Pero olvidamos que vivimos en un mundo en el que la información está al alcance de todos en cualquier momento. Y que los grandes triunfadores de nuestros días no son hombres y mujeres de negocios con una carrera, un máster y 2 idiomas. En un momento en el que parece que todo está inventado, lo cierto es que los que triunfan son aquellos que saben demostrar su ingenio, que se plantean una forma diferente de hacer las cosas, que cuestionan lo que parece incuestionable y que dejan volar su imaginación.

        Creo firmemente que a los niños, desde muy pequeños, tenemos que ayudarles a ser independientes y responsables y que tenemos que enseñarles a utilizar su imaginación, su creatividad y como se ha dicho toda la vida, que sean capaces “de sacarse las castañas del fuego”. Estoy a favor de las extraescolares que les ayudan a desarrollar sus habilidades, siempre y cuando éstas no ocupen todo su tiempo libre, y muy en contra de las que parecen hacer el trabajo de los niños. Nunca entendí que un estudiante de colegio fuese a clases de matemáticas, por ejemplo. La teoría se la dan en clase y también le dan ejercicios para ponerla en práctica. Si no entiende algo debería ser capaz de preguntar y que el profesor respondiese hasta que le quedase claro. Una vez que lo ha entendido sólo tiene que estudiarlo para llegar a asimilarlo del todo y hacer ejercicios una y otra vez para perfeccionar la parte práctica. En la academia no van a estudiar por él. Y necesitan tener la oportunidad de preguntar en clase. Deben mostrar suficiente interés como para arriesgarse porque sí, en según qué edades, levantar la mano en el aula supone enfrentarse al miedo al ridículo, por ejemplo. Y esta es una valiosa lección que también deben aprender.

        Me encanta que hagan funciones de fin de curso desde la guardería. Y no es para tener un momento en el que presumir de lo bien que lo hacen nuestros hijos, sino para que pierdan el miedo a la vergüenza, al fracaso, a no intentarlo. Creo que tendría que haber más exámenes orales y muchos más debates porque sepan lo que sepan, cuando salgan al mundo, van a tener que debatir y negociar, para conquistar a la mujer o el hombre de su vida, para tener un buen sueldo, para superar una entrevista de trabajo…Un adulto sin miedo y con imaginación puede comerse el mundo. Los grandes escritores y científicos y hombres y mujeres de éxito de todos los tiempos han demostrado esto, sin duda, una y otra vez.

        Los niños necesitan aburrirse, necesitan situaciones que les supongan un desafío, sentir que creemos en ellos, aún cuando sabemos que les quedan muchos intentos hasta que les salga bien. Los juegos que les permiten desarrollar su imaginación son fundamentales. No necesitan tantos juguetes como tienen hoy día, pero les vienen fenomenal los juegos con papá en los que son superhéroes y pueden volar y rescatar a mamá de un dragón. La plastilina, un papel en blanco y pinturas en cualquiera de sus formas (tizas, acuarelas, pintura de dedos, ceras, rotuladores) son grandes aliados de los más pequeños. Y si queremos que sigan este camino debemos responder a sus preguntas porque si las ignoramos, si ven que nos molestan o nos aburren dejarán de hacerlas y esto sería algo realmente triste.

        A veces nos pillan con la guardia baja y no tenemos ni idea de qué contestarles porque no estamos seguros de cuál es la repuesta correcta. A veces son cosas tan cotidianas que nos da vergüenza reconocer que no las sabemos y decidimos “pasar palabra”. Cuando esto me ocurre, cuando Silvia me pregunta por qué hace sol, por qué en invierno hace frío (algo que para nosotros es tan obvio que si tengo que darle una respuesta razonada no me atrevo) le digo, la verdad, que no tengo claro cómo explicárselo y que mejor esperamos a llegar a casa para buscarlo en el diccionario. Eso sí, no lo dejo pasar, y en cuanto llegamos lo buscamos, aunque a veces tenga que recuperar su atención porque ya se le olvidó aquella pregunta.

        Si queremos que aprendan tenemos que darles las armas correctas. Si hacen preguntas, responded; alentad esta parte preciosa de su desarrollo. Y cuando os hayáis metido en la dinámica pasará a ser una rutina como el cambio de pañales, en la que ya no os molesta ni “el olor”. Y os aseguro que os ofrecerá momentos de grandes sonrisas y complicidad que formarán parte de vuestros mejores recuerdos. Y si no estáis seguros de algo, sed sinceros con ellos. Por fortuna, no os van a juzgar y, en cambio, aprenderán una gran lección, sinceridad y humildad y, por si fuera poco, el valor del esfuerzo, al ver cómo os molestáis en buscar la respuesta que necesitaban.