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jueves, 19 de febrero de 2015

Sólo quien es feliz puede repartir felicidad. Paulo Coelho



                   Cama de Silvia (140*70 cm.) con sábanas de Carrefour (para cama de 90 cm.)

        Completamente de acuerdo. ¿Nunca os habéis fijado que los días que estamos más cansados “los niños están más insoportables que nunca”? Y, en cambio, esos días que hemos dormido como hacía años y nos levantamos con una sonrisa, somos capaces de pasarnos la tarde jugando con ellos y sus travesuras nos parecen hasta divertidas porque “al fin y al cabo, son niños; es normal que se ensucien y rompan cosas”. Por eso os repito muchas veces que los libros de educación que más me gustan se parecen mucho a libros de autocontrol y motivación. Nos encanta pedir a nuestros hijos que se comporten, que controlen sus rabietas, que sean educados, pero reconozcamos que más de una vez se nos olvida predicar con el ejemplo.

        Somos humanos, tenemos derecho a equivocarnos y tener rabietas. Concedamos el mismo privilegio a los niños. Y, al mismo tiempo, seamos un poco más condescendientes con nosotros mismos. No siempre podemos estar al 100% y el primer paso es reconocerlo, aceptarlo y buscar alternativas. ¿La televisión/niñera? Como todo, me parece un delito en exceso, pero esos días que sabemos que vamos a estallar a la primera porque no nos aguantamos ni a nosotros, ¿qué tiene de malo ponerles un dibujo educativo, apropiado para su edad y, a ser posible, en inglés, durante un rato o incluso una tarde entera? Y si estamos a viernes o sábado y necesitamos un respiro antes de enfrentarnos al momento del cuento y las canciones, ¿Por qué no podemos ponerles una película apropiada para su edad mientras cenan? La tele no es una solución para todo, por supuesto, solamente es un ejemplo para que entendáis que nosotros también podemos rabiarnos y que hay muchas estrategias en lugar de pagar el pato con los niños.

        Cuando Silvia era un bebé, acabamos durmiéndola junto a la campana extractora, porque por más que la paseásemos y meciésemos en brazos, cantándole canciones y arrullándola ella seguía llorando. Unos amigos nos dijeron que ellos habían recurrido al zumbido de la campana que se supone que les recuerda a los que oyen en el útero materno y, mira, algo funcionó. No fue milagroso, pero cuando ya estábamos muy desesperados nos ayudaba. Los niños son muy listos desde que nacen y notan la tensión. Nosotros nos turnábamos. Si yo me veía ya muy desesperada y con ganas de llorar, le pedía a mi marido que me relevara. Por supuesto, a todo el mundo le encanta opinar, especialmente a los que no tienen que enfrentarse con ello día tras día. Yo no puedo oírles llorar como método para enseñarles a dormir. Los que me seguís desde hace tiempo, lo sabéis. Siempre os digo que cada uno tiene que encontrar el método que mejor se adapte a sus necesidades, justamente porque, como dice la frase que os presento hoy, si vosotros sois felices y estáis a gusto, ese sentimiento llegará a vuestros hijos. Por supuesto que me habría encantado que al llegar la hora de la siesta los acostase y se quedasen fritos. Lo mismo por la noche. Y a veces estoy completamente destrozada y daría lo que fuese porque durmiesen toda la noche, porque aún hoy tienen temporadas en las que se despiertan los dos varias veces por la noche y es una tortura. Rectifico, daría lo que fuera excepto dejarles llorar, por ningún método. No creo que los niños lloren y se despierten adrede y con mala idea para fastidiarnos la noche, así que dejarlos llorar como método de aprendizaje me parte el alma; incluso cuando ya son mayores y se les puede explicar. Y os repito, por si no ha quedado claro, que no es una crítica al que practica ese método, pero no es para mí. Eso no quiere decir que no necesite dormir y que la falta de sueño me ponga de mal humor, como a todo el mundo. Ello me lleva a algunas prácticas que mucha gente desaprueba. Me da igual. Yo soy feliz y ellos conmigo.

        De bebé, Silvia tomaba el pecho varias veces durante la noche. No sé si por hambre o porque le consolaba, lo que sí sé es que no podía dormir, porque una vez que se despertaba tardaba tanto en volver a quedarse dormida que yo me despejaba. Lo del colecho me llamaba la atención, pero no quería gastar dinero en una cuna especial y tenía mis dudas respecto a su eficacia porque entiendo que sólo les puedes dar el pecho del lado que está la cuna, así que decidí poner la cama individual que teníamos en la habitación de invitados entre la pared y nuestra cama de matrimonio. Así cuando, se despertaba le daba el pecho y podía cambiar de lado y quedarme dormida en cualquiera de las dos camas, con espacio suficiente para mantenerme alejada, que me agobiaba poder hacerla daño cuando me quedaba dormida. Al cumplir un año, que ya no tomaba el pecho la pasamos a la cuna a su habitación. Solía despertarse en torno a las 05.00 y, a pesar de la incredulidad de la pediatra, seguí el consejo de una amiga que me dijo que en su caso se despertaban por hambre, que intentase darle un biberón; y funcionó. Dejaba en nuestro baño, un termo con agua hirviendo y al lado, el biberón con la leche en polvo. Así, cuando se despertaba, pasaba la leche (que se mantenía caliente) del termo al biberón, lo agitaba un poco y se lo daba. La volvía a acostar y se quedaba frita. Cuando cumplió los dos años la pasamos a su propia cama. Mucha gente tenía, una vez más, algo que decir. Algunos no entendieron nuestra decisión de comprar una cama baja que sólo sirve hasta los 6 años. Yo contesté taxativamente, para mí era fundamental porque si no, no iba a dormir. Las barreras están bien, pero Silvia tenía la mala costumbre de, estando dormida, trepar por cualquier sitio. De hecho, junto a su cama pusimos un colchón y más de una vez pasó por éste y aún llegó al suelo. Por cierto, el colchón lo pusimos, no tanto por si se caía porque la altura de estas camas es muy bajita y en el suelo tenía un tapiz de goma eva que le habíamos comprado cuando empezó a gatear, especial para amortiguar los golpes; sino, porque se despertaba tantas veces que, cuando ya no podía más, directamente me tumbaba en él y nos dormíamos las dos.

        Al cumplir Silvia los 3 años quitamos este colchón y se lo pusimos a Sergio. El peque empezó a dormir en cama baja con añito y medio. No esperamos más porque la decisión de pasar a Silvia de cuna a cama fue debido a que se tiró de cabeza de la cuna en una rabieta. Así que en cuanto el nene intentó pasar la pierna por encima de los barrotes de la cuna de viaje, que es más profunda que la de madera, decidimos que era mejor retirar la cuna y que empezase a dormir en cama. Era tan pequeñín que le pusimos el colchón al lado por si se caía, porque, además, su cama era un pelín más alta que la de Silvia. Desde entonces, hace más de 6 meses, creo que sólo ha amanecido en el colchón o en el suelo un par de veces. Es más tranquilín durmiendo que su hermana. Pero sí que nos ha servido, igual que con ella, para quedarnos dormidos, más de una vez, a su lado, en noches intranquilas en las que te llama tantas veces que no puedes más. Silvia, a punto de cumplir cuatro años, sigue despertándose, aunque suele ser en momentos puntuales, como cuando está muy acatarrada o excitada por cumpleaños o reyes, por ejemplo. Pero ahora, basta con acudir, darle un beso de buenas noches, decirle que estamos en la habitación de enfrente y, en ocasiones, encenderle la luz del pasillo. Ya no te desvelas porque es muy poco rato.

        Cada niño tiene su propio ritmo y cada papá y mamá sus puntos fuertes, que debe explotar y los débiles, que tiene que conocer y superar.

        Nunca lo había hecho hasta ahora, pero la última vez que mi marido tuvo que irse de viaje de trabajo llevábamos dos semanas durmiendo mal los dos niños y decidí que no iba a poder con 5 días así sola. Me agobiaba que me llamasen los dos a la vez porque no me puedo dividir entre dos habitaciones. Por no mencionar que realmente necesitaba descansar ya, así que volví a meter la cama individual entre la pared y la cama de matrimonio y acosté en ella al pequeño. En la parte exterior de mi cama acosté a Silvia, que ya se mueve menos, y, para estar más tranquila, le puse una barrera que nos dejó un amigo. Yo me acosté en medio porque aún dan patadas y no quería que se despertasen uno a otro. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Cuando tenían un despertar les decía que estaba a su lado, les tocaba y seguíamos roncando los tres. Una sensación de tranquilidad, de tener la situación bajo control y, debo admitirlo, de felicidad, recuperando esos momentos de mimos nocturnos de cuando eran bebés que me encantó. Por supuesto, no es algo que vaya a hacer todos los días porque quiero enseñarles a ser independientes y a estar a gusto en sus habitaciones, pero no descarto repetir si nos volvemos a quedar solos, especialmente si están en una racha de muchos despertares.

        Mi obsesión es el dormir, pero ya os he puesto también el ejemplo de la tele. En este sentido, soy tan contraria a la caja tonta que criticaba los dvd’s para el coche, pero nos los regalaron y, desde que los tenemos, los viajes a visitar a la familia son mucho más agradables.

        Silvia tuvo un inicio de curso difícil por una serie de problemas en el colegio que ella acusó mucho. Vino a casa con muchas rabietas que no sabía expresar y empezó a pegar y a gritar. Lo hablamos y llegamos a la conclusión de que cuando estuviese rabiosa lo mejor era que se retirase a respirar. Esto le quedó aún mucho más claro cuando un par de veces que me pusieron de los nervios conseguí controlar mi tono de voz para decirles que me estaban enfadando y que me iba un momento a mi habitación para respirar hondo y tranquilizarme. No, no es milagroso. Por supuesto que sigue cogiendo rabietas y claro que por estar cinco minutos (no se les puede dejar media tarde solos) en otra habitación no te cambia el carácter, pero ayuda a cambiar el chip. A mí me ayuda respirar hondo, en plan relajación y repetirme que son niños, que se rabian y que no saben controlarse, que yo tengo que hacerlo por ellos. Está demostrado que morder un lápiz ayuda a estar contento porque nos obliga a ejercitar los mismos músculos que en una sonrisa. Esto se ha dicho mucho y es verdad, repetiros la cantidad de cosas por las que podríais estar enfadado y cansado y acabaréis con una úlcera. En cambio, sonreír delante de un espejo, respirad hondo y contaros a vosotros mismos las cosas buenas del día a día y lo mucho que queréis a vuestros hijos y veréis cómo todo resulta mucho más fácil. Hay guarderías que cuidan de forma gratuita de los niños, mientras estás en una clase de yoga que practicas allí mismo. Hay sitios de bolas que tienen monitor y en los que te puedes tomar una coca cola tranquilamente mientras ves cómo tus hijos disfrutan de un rato de desahogo. Algo que a mí me ayuda mucho y a ellos les encanta, es leerles un cuento. Les pongo vocecitas según los personajes y sus sentimientos y situaciones. Esa modulación de la voz y estar atenta a lo que leo y a lo que expreso me obliga a cambiar el chip y a olvidar mi cansancio y mi mal humor.

        Si, como casi todos los padres, queréis que vuestros hijos sean felices, no os olvidéis de vuestra propia felicidad porque es muy importante. Y si os cuesta creerlo, pensad en cuando erais pequeños, ¿acaso no agradecíais cuando vuestros padres se reían? Y no me digáis que no era fácil distinguir entre esa sonrisa fingida de “todo va bien cariño” a cuando se reían de veras y la felicidad les salía por los ojos. Vuestros hijos también quieren vuestra propia felicidad porque sois lo que más quieren en el mundo. No lo olvidéis. Ya sabemos que son lo que más queréis, pero tenéis que aprender a reservar tiempo y energías para conseguir vuestro propio bienestar. Sed felices y compartid esa felicidad con ellos.

jueves, 15 de enero de 2015

El ideal está en ti; el obstáculo para su cumplimiento también. Thomas Carlyle




        Hoy os he querido traer esta frase porque a veces me siento muy identificada con ella y últimamente le doy muchas vueltas. Los que tenéis niños sabéis cuánto deseamos dárselo todo y lo difícil que es compaginar las múltiples tareas del día a día con el tiempo que tanto deseamos compartir con ellos. A veces le damos tantas vueltas a qué será lo mejor que terminamos dejando pasar una oportunidad que se nos había presentado. Creo sinceramente que cada persona puede lograr aquello que se proponga si lucha por su sueño con toda su alma. Pero últimamente me he dado cuenta de que lo difícil es llegar a creerte que puedes hacerlo por más veces que te lo repitas. Es decir, y como dijo Thomas Carlyle, que tenemos el potencial para alcanzar nuestros objetivos y el principal obstáculo que tenemos que lograrlo es a nosotros mismos, nuestros miedos e inseguridades.

        Empecé a escribir este blog con la ilusión de compartir con todos vosotros lo que más me apasiona en la vida, que es cuidar de los míos. Ya en el colegio mi mejor amiga decía que era como una gallina clueca (especie de gallina que deja de poner huevos para cuidar de sus polluelos). Me gusta dar sorpresas, organizar fiestas y buscar regalos diferentes, como un mensaje en una botella, que literalmente mandé, aunque por correo, eso sí. Adoro cocinar y preparar la bolsa de la merienda imaginando la sonrisa que se le escapará a la peque cuando la abra en el cole. Planifico sus cumpleaños como si fuesen bodas, durante meses porque disfruto pensando en la decoración, en el menú, en el regalo ideal, en los juegos para sus amigos…Y hago las tan famosas, entre mis allegados, listas que me caracterizan. Desde que tengo memoria hago listas para todo, aunque se me da peor seguirlas, jejejeje.

        Habréis notado un descenso en mis publicaciones y os aseguro que no se debe a una falta de ideas, que me burbujean como la espuma del champán a punto de hacer estallar el corcho. Estoy deseando compartir un montón de locuras con vosotros; pero, al margen de lo complicado que es compatibilizar el día a día con cualquier actividad extra y las complicaciones que este inicio de curso hemos sufrido, lo cierto es que empezaba a rendirme, aunque sin querer reconocerlo. Me dejé llevar brevemente por ese sentimiento que a veces nos invade de fracaso; la sensación de no ser lo suficientemente buenos como para compartir algo de valor con el mundo… al fin y al cabo, en una sociedad tan mediatizada como la de hoy día, ¿qué podía aportar yo que no se hubiese dicho ya? Pero entonces, recordé una frase que me dijo hace muchos años mi mejor amiga: “Puede que no seas nadie para el mundo, pero para una persona eres todo su mundo”. Y luego, una prima me llamó para preguntarme qué hacía yo para mantener entretenidos a los peques durante todo el día y además apañarme con mis tareas. Y la madre de una amiga me preguntó qué comidas congelaban mejor. Y pude informar a otras de la academia de música que acababa de encontrar para bebés. Y decidí que si para todas esas personas mis opiniones y experiencias eran válidas, bien merecían que siguiera con el blog y que, como ellas, seguro que a otras les podría interesar lo que yo tenía que contar y compartir. Recuerdo que cuando me quedé embarazada tenía mil preguntas en la cabeza que ya nunca cesaron, sobre el parto, la lactancia, el colegio, las extraescolares, dónde encontrar el disfraz de la función de Navidad, la fiesta de Carnaval y las actividades de verano. Y estaba dispuesta a leer todo lo que encontraba y a escuchar a todas las personas que querían contestar mis preguntas. Si yo puedo ayudar a otras personas a resolver sus dudas, ¿por qué no hacerlo?

        Y por eso hoy os traigo esta frase, porque he decidido que nunca más voy a ser un obstáculo para cumplir mis sueños. Estoy segura de que en los momentos de flaqueza que podéis pasar ante un examen, o los largos meses que hay antes de las oposiciones, o ante un despido o después de dos años seguidos sin dormir por los despertares de un bebé, si conseguís un pequeño rato para vosotros, respiráis hondo y os distanciáis por un pequeño instante de esa situación encontraréis la razón por la que vais a luchar y las fuerzas para conseguirlo. Y entonces habréis ganado porque ese será el primer y más decisivo paso de vuestro camino hacia el triunfo. A partir de ese instante sólo tendréis que… sí, hacer una lista, de los pasos más importantes que debéis seguir y empezar a tachar. Disfrutad del camino que no siempre nos lleva donde habíamos planeado, pero en todos se aprenden grandes lecciones. La primera y más importante, no rendirnos, jamás, en ninguna situación. Recordad lo valiosos que sois para muchas personas, las cosas que, sin duda, habéis logrado. Y si aún no estáis convencidos del todo, sed todo lo racionales que queráis y pensad: ¿acaso no tenéis la capacidad intelectual para superar ese examen, esas oposiciones? ¿Acaso hay algún niño que tarde o temprano no haya empezado a dormir por la noche? ¿Acaso hay algún trabajo o labor de la que no se aprenda nada? No desesperéis, tomaos vuestro tiempo, respirad hondo y… ¡comeos el mundo!